Exhibición




                                                                         Nadie se baña dos veces en el mismo río. 
                                                                                                                        Heráclito

Una muestra antológica se organiza sobre la invisible malla de la memoria. (Al mínimo roce la red entera tiembla). Una antológica es la escenificación de un largo viaje: los episodios selectos de una travesía. Es un rodeo exquisito, demorado en estancias y derivas del trayecto. Es el trazado personal de un horizonte: una escritura.
Pero una muestra antológica es también la ocasión de mostrar el “fuera de obra”, aquello que permanece oculto tras la aparición de la obra terminada: las fuerzas en tensión que gestaron su alumbramiento, el bâti que la sostiene, los espacios de silencio que estructuran el discurso. (El pasaje imperceptible de una forma a otra en un veloz juego de manos).
Matilde Marín vuelve la mirada sobre el camino recorrido: más que un trayecto, es un espacio dilatado que se expande en todos los sentidos. La suya es una muestra antológica que no sigue un diagrama cronológico, sino un esquema de puntos radiantes; está configurada en zonas que se vinculan mediante flujos de sentido insumisos a cualquier ordenamiento temporal.
“Todo me ha sido dado en los viajes”, dice Matilde Marín. Ellos han sido su fuente de conocimiento y han configurado su visión del mundo y de la existencia, han nutrido su vida y su obra, y las han constituido.
Matilde Marín tiene vocación de límite, de alcanzar el Finisterre. Navega con instrumental afinado y refinado. Investiga umbrales de intensidad, calibra emociones, ajusta matices, busca el instante en que “una pluma sobre uno de los platillos inclina la balanza”, como dice Virginia Woolf. Con delicadeza extrema, pero también con audacia, escribe con el cuerpo, el propio y el
ajeno, el que puede tocar y el que puede presentir.
Matilde Marín opera en base a códigos culturales compartidos. Por eso no hay casuística; y aunque a veces, muy pocas, apele al relato de corte etnográfico, la narración recogida termina siempre transformada en símbolo. Matilde Marín, dispuesta a “registrar las formas del presente que serán otras en el futuro”, explora el nuevo perfil del mundo mediante expedientes estéticos diversos y poderosos referentes literarios.
Al principio y al final, la tierra prometida. “¿Es quizás ese rollo, en el centro de la sala, el símbolo del viaje circular que en algún momento todos emprendemos y acaso cumplimos?”
Todos somos Ulises regresando a Ítaca y esperamos ver el humo azul, ritual, disipar las negras humaredas de la historia. Todos tenemos anécdotas de usurpaciones y magia, de resarcimientos y privaciones, de tempestades provocadas y naturales. Si hay un orden, parece estar perdido y Matilde lo recupera apelando a las formas arquetípicas que desafían el deterioro y la corrupción (cuadrados negros y círculos blancos que intervienen el recuerdo de urbes agitadas), coleccionando luces que se extinguen, inventariando paisajes imposibles o, simplemente, celebrando la tenacidad del arte. 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     Adriana Almada