Intervención




En la mesa de mi hogar se hilvanaba el silencio.
Eran los años 70 y el eslogan que circulaba en las calles “El silencio es salud” había atravesado a toda una sociedad que no tenía permitido hablar de ciertas cosas.
Las palabras contenidas fueron las que me impulsaron hacia una necesidad imperiosa de decir.
Hace casi una década, cuando murió mi madre algo se detuvo. Sentí que lo no dicho quedaba escondido debajo del mantel.
Soñé que cubría, ataba y amordazaba una copa con una servilleta de tela blanca. Desperté y comencé a envolver y coser vajilla, una acción simple que se convirtió en un ritual. Los restos de objetos cotidianos fuera de uso, testigos mudos e inertes de un tiempo de nuestra existencia, quedan momificados entre servilletas y manteles blancos, que sigo sumando y superponiendo en innumerables capas.
Capas de silencio. Capas que guardan historias que ya no serán contadas.
Quedan las cicatrices y la angustia de lo que no se dijo nunca.
Un pasado concluido. Un presente sin palabras.

El espacio de las salitas de la Fundación OSDE fue parte de la prestigiosa mueblería inglesa Maple que exhibía al público mesas tendidas con sus manteles y su vajilla, con el fin de ser adquiridas y formar parte de las vidas privadas de sus compradores. Vidas que a través del tiempo cosieron en esos enseres cotidianos cada una su propia historia.


                                                                                                                          A. N.